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Inmediatamente después de Ia división, la célula
inicia la denominada fase G. Es un período en el cual la célula
observa su mundo exterior, aquel que está fuera de su membrana
celular, comprueba que existen los nutrientes necesarios para
volver a reproducirse, los absorbe, y también comprueba si hay
mensajes de diversas sustancias que le indican cuál es el estado
de su mundo exterior.
Con estos materiales e información, la célula
decide si continúa o no con el camino hacia su reproducción; si
todo es correcto sigue adelante en su ciclo hasta llegar al punto
de restricción, vuelve a realizar una última comprobación, ya
que si traspasa el punto R no podrá volver atrás, y así entra
en la fase S.
En la fase S, la célula inicia el proceso de
duplicar el DNA, conjuga determinados aminoácidos hasta conseguir
un duplicado del DNA.
A partir de este momento, la célula podría inciar
la fase final de duplicación total, formando dos células. No lo
hace. Durante este espacio de tiempo, denominado fase Gz, la célula
revisa el trabajo efectuado y si observa algún error en la duplicación
del DNA, lo corrige; es la conocida reparación celular.
A continuación, la célula entra en la fase de
mitosis y citocinesis, es decir, se divide en dos células nuevas
(Figura 6).
No todas la células muestran el mismo comportamiento.
Aquéllas que no están asociadas para formar organismos superiores
y que, por tanto, viven independientes (por ejemplo, los hongos)
(Figura 7), se reproducen en función de la presencia de nutrientes
en el medio en el que viven.
Pero, en un organismo pluricelular, es más importante
el individuo que las células que lo componen, por tanto, la célula
se supedita al bien de la mayoría a través de complicados procesos
de control, efectuados a partir de la información emitida por
las citoquinas. Se efectúan, básicamente, alargando o acortando
el tiempo de la fase G, del ciclo celular, ya que el resto del
ciclo dura, aproximadamente, 12 horas en todas las células.
El cuerpo humano (Figura 8) es un organismo
pluricelular formado por más de 10 billones de células. En él,
los ciclos celulares, de las distintas células que componen el
cuerpo, se diferencian por el tiempo más o menos largo de la fase
G1.
Las neuronas tienen una fase G1,
tan larga que, prácticamente, no se dividen nunca (Figura 9),
y las células del hígado adulto se dividen sólo una vez cada dos
años, aproximadamente. Por su parte, las células de la capa basal
de la piel tienen una fase G, de 28 días, y las células epiteliales
del intestino, las más rápidas del organismo, se dividen más de
12 veces al día.
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Estas diferencias vienen dadas por las diferentes
funciones que desarrollan. Por ejemplo, las neuronas deben conservar
información variada que no puede ser transmitida con el material
genético y, por tanto, deben sobrevivir si queremos aprender y
recordar.
En cambio las células epiteliales del intestino
deben soportar agresiones de ácidos fuertes, enzimas, etc., lo
cual implica una muerte muy rápida y, en consecuencia, una muy
alta necesidad de reproducción.
La naturaleza ha creado sustancias para poder
controlar el mayor o menor desarrollo de las células, teniendo
muy en cuenta las necesidades del individuo pluricelular.
Este proceso de control está regulado por la
propia célula en función de si detecta en el exterior, durante
la fase G1, la presencia de sustancias activadoras o inhibidoras
de diversas funciones. Estas sustancias son las ya nombradas citoquinas.
Se ha podido demostrar que las linfokinas, citadas
anteriormente, no eran únicamente sustancias segregadas por las
células del sistema inmunológico, sino que todas las células del
organismo se estimulan o inhiben en sus funciones por el efecto
de sustancias externas a la célula, generalmente polipéptidos,
que segregan las mismas u otras células próximas o lejanas y que
han recibido, desde hace diez años, el nombre más general de citoquinas.
Uno de los primeros factores de crecimiento
reconocido fue el factor de crecimiento derivado de las plaquetas
(PDGT).
Se observó que los fibroblastos del cultivo
proliferaban cuando se añadía suero, pero no lo hacían si se añadía
plasma. La diferencia básica entre suero y plasma consiste en
que ambos son la parte líquida de la sangre, pero en el plasma
no ha habido coagulación y en el suero sí. La causa de esta diferencia
en la proliferación consiste en que cuando la sangre coagula,
las plaquetas liberan el líquido contenido en las mismas, muy
rico en una sustancia activadora de la proliferación que recibió
el nombre de PDGF.
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