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Banco
de Artículos > Obesidad
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Hígado y obesidad (2ª Parte)
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Patogenía del
hígado graso (continuación)
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La evolución del hígado graso ha sido estudiada
a nivel ultraestructural en varios modelos experimentales de hígados
enfermos. Los lípidos se acumulan al principio dentro del retículo
endoplasmático. La coalescencia de esta grasa hace que se abran
unas brechas en la barrera del retículo endoplasmático y se formen
gotas más grandes.
Se produce una transición desde una esteatosis
microvacuolar a una esteatosis macrovacuolar; al parecer, puede
existir una similitud con lo que ocurre en el hígado humano. La
diferencia entre estas dos formas puede ser una expresión de la
severidad y de la duración de este depósito de grasa. No obstante,
la identificación de la forma predominante en el cúmulo de grasa,
ayuda a identificar la etiología del hígado graso.
La distribución de la grasa es tan variable
que su valor es de limitado valor a la hora de establecer la etiología.
El hígado graso no complicado se acompaña de
una insignificante reacción inflamatoria. Los hepatocitos cargados
de grasa, a veces, llegan a romperse con la formación de un quiste
de grasa. Esto provoca una reacción inflamatoria con infiltrado
de macrófagos, linfocitos, eosinófilos y algunas células gigantes,
produciendo un lipogranuloma (Figura 4).
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Figura 4. Lipogranuloma. Un infiltrado
inflamatorio mixto, conteniendo linfocitos y macrófagos,
rodeando un depósito de grasa.
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A veces, la grasa no es visible y es difícil
diferenciarla de otro tipo de granulomas. El número de lipogranulomas
es variable.
Las causas más comunes de esteatosis macrovacuolar
son la diabetes, alcohol y caquexia. Hasta el 80% de los diabéticos
(tipo II) pueden tener un hígado graso; además, existe relación
entre la cantidad de lípidos acumulados y el grado de obesidad
de estos diabéticos (63).
En la obesidad no acompañada de diabetes, también
se produce una importante acumulación de grasa, en relación con
el índice de masa corporal.
La patogénesis del hígado graso es compleja.
El depósito graso hepático se realiza en forma de triglicéridos
y es consecuencia del exceso de aporte de ácidos grasos que llegan
al hígado. El sobreaporte graso excedería la capacidad hepática
de excreción como lipoproteínas (25-26), y conduciría a la formación
de quistes grasos o lipogranulomas.
Dos consecuencias:
a) Ruptura de estos quistes con formación de
septos fibrosos y cirrosis.
b) Aumento de ácidos grasos libres en el tejido
hepático. La posible citotoxicidad de los ácidos grasos libres
se produciría al saturarse la capacidad de transporte de la proteína
citosólica fijadora de ácidos grasos y de la oxidación por parte
de las mitocondrias (27). Estos se incorporarían con efectos deletéreos,
a la fase lipídica de las membranas celulares (29).
Se ha sugerido un posible papel patogénico de
la insulina en la esteatohepatitis asociada a la obesidad (43,49).
Esta hormona estimula la lipogénesis hepática por activación de
la Acil-CoA cocarboxilasa y bloquea la betaoxidación de los ácidos
grasos al inhibir la carnitina-AcilCoA transferasa (64,65). Esto
hace que se incrementen los niveles hepatocelulares de ácidos
grasos libres tóxicos (18).
A la reducción de peso en pacientes obesos le
sigue una mejoría o normalización de la bioquímica hepática (33,36).
Esto también ha sido observado en el presente
estudio, donde se obtuvo un 100% de normalización, aunque no se
realizó comprobación histológica. Otros estudios han demostrado
que el adelgazamiento provoca una mejoría o desaparición de la
infiltración grasa (34,35) y de los lipogranulomas (22,35), pero
con permanencia de los cambios arquitecturales (34) en el hígado
(22).
Sin embargo, en un estudio realizado en pacientes
con obesidad masiva, con índice de masa corporal medio de 43,
que no mostraban fibrosis hepática en una biopsia inicial, tras
ser sometidos a un régimen dietético, con una pérdida media de
34 kg, en la biopsia de control el 12% (5 pacientes) tenían fibrosis.
Estos pacientes, en la biopsia inicial, tenían
un mayor grado de esteatosis y habían perdido peso de forma más
rápida. Ningún paciente, con una pérdida ponderal inferior a 1,6
kg/semana, desarrolló fibrosis.
También se han descrito en la literatura médica
evoluciones, incluso fatales, tras los tratamientos químicos paliativos
de la obesidad, como la derivación yeyunoileal (24,40,41), bypass
gástrico (37,38) y gastroplastia (39).
La cirugía acelera la progresión de una lesión
preexistente (42).
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Anatomía patológica
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En la evolución de la afectación hepática del
obeso se distinguen cuatro tipos de lesiones: esteatosis, esteatohepatitis,
fibrosis hepática y cirrosis hepática.
La esteatosis del obeso es habitualmente macrovacuolar.
El exceso de triglicéridos produce una distensión de los hepatocitos.
Contienen una única vacuola que desplaza hacia un lado el núcleo
y otras estructuras celulares. El grado de esteatosis suele ser
variable; con mayor frecuencia es moderado (27-56%) y con afectación
del 25-50% de los hepatocitos, o severa (24-62%), con afectación
de más del 50% de obesos (Figuras 5 y 6). La distribución suele
ser difusa con una mayor intensidad en la región centrolobulillar
(8,11)
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Figura 5. Esteatosis severa de pacientes
con obesidad mórbida
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Figura 6. Otro caso de Esteatosis severa
con obesidad mórbida
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La esteatohepatitis que se asocia con la obesidad
es similar a la esteatohepatitis alcohólica.
Las lesiones histopatológicas incluyen:
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- Degeneración hidrópica de los hepatocitos (62%), éstos aparecen
hinchados, pálidos y de citoplasma granulado.
- Cuerpos de Mallory (56%).
- Mitocondrias gigantes (32%).
- Núcleos ópticamente vacíos (44%). Si la obesidad se acompaña
de diabetes, esta afectación llega al 87%, debido a una acumulación
de glucógeno.
- Siderosis hepatocitoria (21 %) y Jupfferiana (29%). Los hepatocitos
cargados de grasa pueden, a veces, romperse y esto provoca una
reacción inflamatoria de predominio polimorfonuclear y linfoplasmacitaria
que se distribuye por el espacio porta (76%) y por el lobulillo
(88%).
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En el 79% de los casos hay colagenización sinusoidal y fibrosis
interhepatocitaria, más frecuente en la zona centrolobulillar.
Se trata de una fibrosis fina que se dispone paralelamente a las
trabéculas hepáticas, engrosando la membrana basal de los sinusoides.
Un grado más intenso provoca una fibrosis con septos o puentes
completos o incompletos, centro-centrales o centro-portales. Entre
estos septos quedan aislados grupos de hepatocitos que conducen
a la formación de nódulos de regeneración, produciendo una cirrosis
hepática.
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Manifestaciones clínicas
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Las alteraciones histológicas hepáticas, relacionadas
con la obesidad, son más frecuentes en el sexo femenino (5,10,12,14,17,22),
ello se debe a la mayor prevalencia del sobrepeso en el sexo femenino,
ya que para cualquier grado de obesidad la frecuencia de cambios
hepáticos analíticos (69) e histológicos (18) es similar en ambos
sexos.
Suelen encontrarse en la edad media de la vida,
es decir, entre los 30 y 50 años, y consumen de manera habitual
diversos fármacos como consecuencia de la frecuente patología
coexistente. Del 32 al 62% de los obesos no seleccionados padecen
diabetes mellitus (5,7,10,12,15,17); del 38 al 56%, hiperlipoproteinemia
tipo IV de Fredrickson (5,17,21); del 25-36%, hipertensión arterial
(15,33) y del 10-40%, coleliasis.
En la gran mayoría de los casos, la hepatopatía
del obeso es asintomática o paucisintomática (10,12). Habitualmente
se descubre tras realizar una analítica o ecografía por otros
motivos. También es frecuente la discrepancia entre la historia
clínica y los datos de laboratorio de una parte, y el cuadro histológico
por otra (46).
Los pacientes presentan, normalmente, un buen
estado general. No suele haber estigmas cutáneoglandulares de
hepatopatía crónica (10,33,45) y los síntomas o signos de insuficiencia
hepatocelular son muy infrecuentes.
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