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Nutrición, radicales libres y envejecimiento
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Dr. J. Miquel
Fecha de Publicación:
Junio de 1996
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Resumen
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Los datos revisados apoyan el concepto de que
una desorganización mitocondrial causada por los radicales libres
de oxígeno, que se forman en el proceso de respiración celular,
tiene un papel clave en el envejecimiento de los animales y de
los humanos. Una dieta inadecuada, rica en grasa y azúcar refinada,
puede contribuir aun envejecimiento prematuro, acompañado de numerosas
enfermedades degenerativas, mientras que una dieta mediterránea,
rica en verduras y frutas vitaminas, antioxidantes, bioflavonoides
y antioxidantes fenólicos la frenaría y protegería contra estos
procesos degenerativos. Una dieta antioxidante, incluso el consumo
de suplementos de antioxidantes como las vitaminas C y E y compuestos
tiókos (tioprolina, acetil cisteína, etc.) estorian indicados
paro proteger contra la aterosclerosis, yo que según estudios
recientes, la peroxidación de los lipoproteinos ligeras (que es
prevenido por los antioxidantes) tiene un papel fundamental como
factor de riesgo de la ateromatosis.
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Introducción
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Un hecho relativamente nuevo y de gran importancia
socio-económica es el progresivo envejecimiento de la población
en los países desarrollados, con el consiguiente aumento del coste
de los servicios sanitarios y asistenciales. El problema, muy
acusado en nuestro país por su bajísimo índice de natalidad, es
aún más grave debido a que un segmento considerable de la población
madura muestra un "envejecimiento prematuro", a causa de los factores
genéticos o medio ambientales.
Un análisis de este problema, y en busca de sus posibles soluciones,
requiere la revisión de las relaciones entre las causas del envejecimiento,
la nutrición, el papel de los radicales libres y los antioxidantes
dietéticos, y el uso de las técnicas de determinación de la "edad
biológica", para valorar el grado de involución que sufren las
personas y la eficacia que tienen los tratamientos para retrasar
dicho proceso y, de esta forma, prevenir ciertas enfermedades
degenerativas, como la arteriosclerosis y ciertos tipos de cáncer.
En el simposio The Biology of Aging, que tuvo lugar en Gatlinburg
(Tennessee, EE.UU.) en 1957, se llegó a la conclusión de que "una
descripción del envejecimiento reducida a mecanismos que se comprendan
no es posible por el momento ... En un sistema tan integrado como
son las células vivas, no es fácil distinguir entre las causas
y los efectos y, por ello, no se sabe si el envejecimiento deriva
de una causa única, o bien, de muchas causas ... La explicación
del envejecimiento se basará en los cambios observados en las
diferentes estructuras y en la distribución de las sustancias
macro y micromoleculares que componen las células."
Casi cuarenta años después de aquel simposio y, a pesar del considerable
esfuerzo investigador de muchos gerontólogos experimentales y
clínicos, aún no se ha ofrecido una explicación bioquímica del
proceso de envejecimiento que aclare, de forma satisfactoria,
todas las facetas de este proceso y que sea universalmente aceptada.
No obstante, se han observado una serie de alteraciones a las
que se puede denominar "el común denominador" del envejecimiento,
puesto que se dan en todos los animales multicelulares que envejecen,
desde los insectos hasta los mamíferos, y en cuya génesis juegan
un papel esencial las reacciones nocivas de los radicales libres
de oxígeno, que son un efecto secundario del metabolismo aerobio.
A continuación, revisaremos brevemente estos conceptos, que justifican
el uso de suplementos antioxidantes en la medicina geriátrica
preventiva.
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Causas del envejecimiento:
Teoría de los radicales libres y del déficit bioenergético
a causa de la lesión peroxidativa mitocondrial
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Lógicamente, y de la misma forma que no se puede
realizar una prevención o terapia racional de un proceso patológico
específico sin conocer su etiología, no se podrá frenar el envejecimiento
normal ni prevenir el prematuro sin comprender las causas moleculares
de la involución que sufren las células y los órganos con el paso
del tiempo.
De la tremenda confusión que ha rodeado los mecanismos del envejecimiento
da fe el hecho de que, según Medvedev (1990), se han publicado
cerca de 300 teorías gerontológicas.
En la actualidad, la mayoría de ellas sólo tienen un valor histórico.
Conceptos tan populares hace unos años como la teoría del "error
catastrófico" en la síntesis de proteínas de Orgel (1963) y la
del "reloj mitótico" de Hayflick (1985) pierden apoyo, mientras
que las ideas sobre los efectos envejecedores de los "radicales
libres" (Harman, 1956) y de la "toxicidad residual del oxígeno"
(Gerschman, 1962) gozan de un grado creciente de aceptación, aunque
por sí solas son incapaces de explicar el "cómo", el "dónde" y
el "por qué" del envejecimiento.
Por ello, y como hemos comentado con anterioridad (Miquel, 1991),
era opinión generalizada entre los gerontólogos que no se disponía
de todas las piezas del puzzle del envejecimiento y no se podrían
explicar las relaciones causa/efecto a los niveles molecular,
subcelular, celular y sistémico.
De acuerdo con estas ideas, las investigaciones de mi laboratorio
se han centrado en estudios comparativos de los cambios que ocurren
al envejecer en los distintos sistemas y tipos celulares de invertebrados
y mamíferos (Miquel et al., 1980).
Los datos obtenidos apoyan la teoría que relaciona el envejecimiento
a reacciones desorganizadoras no programadas de los radicales
libres, que se forman en el organismo a causa de la producción
aerobia de energía (ATP). Según esta teoría, propuesta por Harman
(1956) y Gerschamn (1962), los oxi-radicales (fragmentos moleculares
de oxígeno), que son muy reactivos e inestables, producen una
desorganización gradual de las membranas celulares y subcelulares
que, por contener cantidades muy elevadas de lípidos no saturados,
son muy propensas a la peroxidación.
Según este concepto, la causa fundamental del envejecimiento sería
una reacción de los lípidos de las membranas con productos derivados
del oxígeno, similar a las reacciones que ocurren durante el enranciamiento
de las grasas alimenticias.
Esta teoría no encontró una aceptación generalizada en su presentación
original, ya que no proporcionaba una explicación lógica de la
incapacidad de las células para reparar el daño causado por los
oxi-radicales.
Por ello, propusimos que la lesión iniciada por los radicales
libres no tiene lugar en las membranas celulares sino en las mitocondrias
y, más específicamente, en el genoma mitocondrial (mtDNA), con
lo que estas organelas productoras de energía (en un proceso que
requiere la formación de oxi-radicales) perderían su capacidad
regeneradora a través de¡ proceso de fisión, que requiere la presencia
de mtDNA, (Miquel et al., 1980; Miquel y Fleming, 1986; Miquel,
1989; Miquel, 1991, 1992; Miquel y Blasco, 1995).
Las alteraciones mitocondriales que ocurren al envejecer disminuyen
la cantidad máxima de energía que las células diferenciadas pueden
producir durante condiciones de estrés o sobrecarga funciona[
y, por tanto, llevan a una disminución de la síntesis de proteínas
y de la función especializada de órganos, como el encéfalo y el
corazón, que contienen un gran número de estas células.
No puede sorprender que este proceso de involución celular, déficit
bioenergético y fallos homeostáticos, se asocie a procesos degenerativos
ligados a la edad, que llevan a un uso masivo de fármacos para
regularizar la función cardiovascular, así como de diuréticos,
laxantes, analgésicos, hipnóticos, sedantes y tranquilizantes,
en sujetos mayores de 80 años (Miquel, 1988).
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Factores de riesgo,
marcadores de la "edad biológica" y envejecimiento
prematuro
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Es bien sabido que las personas que muestran
alteraciones en ciertos parámetros fisiológicos (hipertensión)
o bioquímicos (dislipemias, etc.) sufren un mayor riesgo de contraer
ciertas enfermedades degenerativas y de m.orir de forma prematura.
Esto justifica el concepto de "edad biológica", ya que los estudios
de gerontología clínica confirman el hecho de que algunas personas
"se conservan bien para su edad", mientras que otras "están envejecidas".
Como se ha comentado (Prieto Seva et al., 1987; Miquel et al.,
1988; Soler et al., 1990, 1992), la determinación de la "edad
biológica" de animales de laboratorio y de humanos se ha convertido
en un tema de moda, tanto por su interés teórico (para profundizar
en la comprensión de los mecanismos fundamentales que controlan
el ritmo de¡ envejecimiento) como por su utilidad como herramienta,
al permitir medir el grado de involución de individuos y poblaciones.
Mediante la valoración de la edad biológica, se puede comprobar
el efecto nocivo o beneficioso de ciertas dietas u otros factores
de¡ estilo de vida, como la administración crónica de suplementos
antioxidantes.
Entre los parámetros de edad biológica, cuya alteración precoz
muestra una mayor correlación positiva con la mortalidad prematura,
destacan: volumen respiratorio forzado, capacidad vital, tensión
arterial sistólica, globulina sérica y tiempos de reacción (Borkan
y Norris, 1980).
El estudio más importante que relaciona edad biológica, envejecimiento
y salud es el realizado por Benfante et al. (1985) sobre un grupo
de 5.000 hombres (edad comprendida entre 46 y 69 años) sin ninguna
enfermedad crónica al inicio de la investigación. Los autores
de este estudio subrayan que su objetivo era detectar "marcadores
de salud" en lugar de "factores de riesgo", como se hace de forma
habitual.
Se estudiaron más de 30 parámetros para comparar los sujetos que
permanecían sanos a lo largo del estudio (4 años) con los que
desarrollaron enfermedad coronaria, accidente cerebrovascular
agudo, neoplasias, hipertensión u otros procesos degenerativos
crónicos. Se observó que, al inicio del proyecto, los hombres
que posteriormente perdían la salud ya diferían en muchos parámetros
de los hombres que la mantenían.
Aparentemente, la conservación de la salud se asociaba con un
menor consumo de cigarrillos, una mayor actividad física, más
baja tensión sistólica y diastólica, cifras más bajas (en suero)
de colesterol, triglicéridos, ácido úrico y glucosa, y mayor capacidad
vital pulmonar.
Los autores concluyen que la preservación de la salud al envejecer
está ligada al estilo de vida, y que no basta con mantener los
parámetros dentro de los límites de la "normalidad", sino que
es esencial preservarlos cerca de los valores medios que se observan
al inicio de la madurez, o sea, que la salud en las edades avanzadas
es el resultado del mantenimiento de una edad biológica (u homeostasis)
relativamente "joven' en comparación con personas de la misma
edad cronológica.
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Nutrición y
aporte de antioxidantes
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Es evidente que ciertos factores genéticos y
de estilo de vida son responsables de que personas de la misma
edad cronológica difieran en su edad biológica. Por ello, la medicina
geriátrica preventiva debería detectar a las personas que padecen
un envejecimiento prematuro, con objeto de instaurar tratamientos
antienvejecimiento como suplemento a las terapias que tratan síndromes
fisiopatológicos específicos, como la hipertensión y las dislipemias.
Si efectivamente el envejecimiento está ligado a una degeneración
mitocondrial por radicales libres y peróxidos (con la consiguiente
disminución de la capacidad bioenergética), la geriatría preventiva
de¡ futuro debería orientarse hacia la protección antioxidante
y la preservación y modulación de la producción de ATP que, a
su vez, ejerce un efecto favorable sobre la síntesis de proteínas
y las funciones celulares especializadas.
Numerosos estudios apoyan el concepto de que para envejecer de
forma saludable, reduciendo el nivel del "estrés oxidativo" ligado
a los radicales libres, es esencial consumir una dieta adecuada.
Es lógico que una buena alimentación permita reparar las lesiones
moleculares y celulares que causan dichos radicales, estimulando
el turnover y la mitosis o división celular que permiten la repoblación
de los tejidos con células jóvenes.
Por otra parte, una dieta excesivamente rica en grasa y azúcar
refinado y deficiente en antioxidantes estimula la oxidación incontrolada,
mientras que un aporte óptimo de antioxidantes y "barreclores"
de radicales libres, como las vitaminas C y E y los fenoles y
bioflavonoides de frutas y verduras, sirve de antídoto, destruyendo
una gran proporción de dichos radicales.
La suplementación de la dieta con las vitaminas antioxidantes
C y E puede ser eficaz para prevenir el envejecimiento prematuro,
sobre todo en lo que respecta a los síndromes degenerativos ligados
a la edad, como la ateroscierosis, artritis reumatoide, cataratas
e inmunodepresión (Emerit y Chance, 1990). Además, la administración
de estas vitaminas tendría un efecto favorable en la isquemiareperfusión,
así como en los procesos (infartos recientes de miocardio, estrés
psicológico, tabaquismo, etc.) en los que hay una elevación de
los niveles de peróxido de lípido en sangre (Santos et al., 1987).
El uso preventivo de suplementos antioxidantes estaría especialmente
indicado en cardiología, puesto que ya se acepta la idea de que
la aterogénesis (que da lugar a la arterioscierosis y otros procesos
cardiovascu ¡ares, que son la principal causa de muerte en los
países desarrollados) deriva de los peróxidos de lípidos formados
en la sangre, que lesionan el endotelio y provocan un proceso
inflamatorio en la pared arterial (Harman, 1994). Este concepto
está de acuerdo con los clásicos estudios de G lavind (1952),
que muestran una acumulación de peróxidos de lípido en las placas
ateromatosas, de intensidad paralela a la del proceso de degeneración
vascular.
Se ha determinado que uno de los principales mecanismos aterogénicos
es la peroxidación de las lipoproteínas plasmáticas, especialmente
de las de baja densidad (LDL). Este proceso tiene una gran importancia
patogenética, puesto que las LDL oxidadas tienen una mayor carga
negativa que las LDL nativas y, por tanto, inducen una acumulación
del éster de colesterol en monocitos y macrófagos, aumentando
así el potencial aterogénico de estas células (Fogelman et al.,
1981).
Más recientemente, Holvoet y Collen (1994) han comentado que las
LDL oxidadas pueden contribuir a la ateroscierosis, al aumentar
la producción de células espumosas en la pared arterial y estimulando
la producción de células del músculo liso, con el consiguiente
aumento del espesor de dicha pared y reducción del diámetro de
las arterias afectadas. Además, afirman que estas LDL oxidadas
aumentan la agregación y adhesión plaquetaria, desencadenando
la trombosis.
Lo anterior justifica el uso de antioxidantes para reducir los
niveles de peróxido de lípido en la sangre de personas de edad
madura y avanzada, con objeto de frenar el proceso aterogénico.
Los estudios clínicos de Brown et al. (1994) confirman que, en
efecto, la suplementación de la dieta con antioxidantes protege
contra la peroxidación de los lípidos y de las proteínas aterogénicas
del plasma y, además, una investigación de la Harvard School of
Public Health, en más de 120.000 sanitarios, muestra que las personas
que consumen cifras elevadas de antioxidante vitamina E pueden
reducir en un 40% su riesgo de contraer la enfermedad coronaria
(Rimm, 1993).
Por otra parte, los efectos beneficiosos de esta vitamina han
sido confirmados por un estudio de la University of Southern California,
que muestra un menor estrechamiento de la arteria coronaria debido
a la formación de ateroma en hombres que consumen 100 o más U.L
de vitamina E por día (Hodis etal., 1995).
Además, numerosos datos sugieren que el envejecimiento se acompaña
de una pérdida progresiva de antioxidantes aportadores de grupos
tiol (Miquel y Weber, 1990) y que la administración de estos compuestos
(tioprolina, acetil cisteína, etc.) puede contribuir a aumentar
la duración de la vida y a disminuir la pérdida de función inmune
que ocurre al envejecer (De la Fuente et al., 1993; De la Fuente
y Miquel, 1994).
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