|
Alimento transgénico es aquel en cuyo diseño
se han utilizado técnicas de ingeniería genética. Con ello se
pretende obtener productos cuyas características respondan más
adecuadamente a las exigencias del productor o del consumidor.
Esta denominación se utiliza sólo en España, ya que en el resto
de países de nuestro entorno se les incluye dentro del término
más amplio de "nuevos alimentos" (en inglés "novel foods").
Los alimentos transgénicos no representan algo nuevo, ya que desde
la antiguedad el hombre viene modificando el patrimonio genético
de animales o plantas para crear nuevas razas de animales o variedades
vegetales cuyo rendimiento industrial sea más adecuado. Mediante
el cruce sexual, los ganaderos han obtenido durante siglos nuevas
razas de vacuno que produjeran más leche y los agricultores han
conseguido variedades vegetales de mayor interés agronómico. Al
llevar a cabo estos cruces, los mejoradores combinan de forma
aleatoria los miles de genes de los genomas de dos cepas parentales
intentando encontrar un genoma resultante que reúna los genes
beneficiosos de ambos progenitores. Se trata por lo tanto de una
técnica basada en el azar en la que la probabilidad de encontrar
la combinación genética adecuada es muy baja. Pero conviene recordar
que ha funcionado, y que la inmensa mayoría de alimentos animales
o vegetales de nuestra dieta están constituidos por especies obtenidas
mediante esta estrategia.
Por contra, y como comentamos al principio, en el diseño de los
alimentos transgénicos se utilizan técnicas de ingenería genética.
En estas, a partir del genoma de un individuo donador se aísla
el gen que interesa expresar, se modifica in vitro y se introduce,
ya sea en el genoma del propio individuo, ya sea en el genoma
de un organismo receptor que puede ser un animal, un vegetal,
o un microorganismo. Recordemos que el término transgénico hace
referencia a la expresión de un gen proviniente de una especie
de forma distinta. Así, sólo aquellos alimentos transgénicos en
los que se hayan expresado genes de otras especies tendrían una
denominación correcta. Por contra, aquellos en los que simplemente
se ha modulado por ingeniería genética la expresión de un determinado
gen no serían propiamente transgénicos aunque, como comentamos
anteriormente, en nuestro país hemos optado por esta definición,
a todas luces incorrecta.
Las diferencias entre los alimentos de la biotecnología tradicional
y los alimentos trangénicos son sólo técnicas. Por un lado, las
técnicas de ingenería genética son mucho más precisas que el cruce
sexual, por lo tanto se pueden obtener resultados mucho más adecuados
en un menor tiempo. Además, la ingenería genética implica direccionalidad,
o lo que es lo mismo, mayor control sobre el producto final frente
al azar del cruce sexual. Finalmente, son mucho mas potentes al
permitir transferir genes de una especie a otra, o incluso de
un reino a otro. Sin duda, esta última característica tiene repercusiones
de índice ético o social.
Se han comercializado unos pocos alimentos transgénicos, aunque
muchos otros están en fase de de experimentación o comercialización.
Pueden ser transgénicos que portan múltiples copias del gen de
la hormona de crecimiento de la trucha y ganan tamaño mucho más
rápido con el consiguiente beneficio para el productor. La ingenería
genética permite expresar determinados genes en determinados tejidos.
Así, se han expresado genes que codifican proteínas de alto valor
añadido en la glándula mamaria de diferentes mamíferos. Son fármacos
de alto valor añadido como el activador del plasminógeno o el
factor antihemofílico, con lo que un rebaño de tamaño medio podría
producir la suficiente cantidad de estos productos para poder
atender la demanda de todos los enfermos actuales durante un año.
Un beneficio espectacular para el consumidor.
También se han aplicado técnicas de ingenería genética en el caso
de los alimentos fermentados. Se han construido bacterias lácticas
o levaduras transgénicas que portan genes de otros organismos.
Los resultados son quesos en los que es posible controlar, e incluso
acortar, los tiempos de maduración sin pérdida de calidad, o vinos
con un incremento de aroma afrutado, una característica organoléptica
muy apreciada por el consumidor centroeuropeo.
Basta echar un vistazo a los periódicos nacionales durante los
últimos tres meses para comprender que, a pesar de sus enormes
posibilidades, existe un debate social en torno a la comercialización
de los alimentos transgénicos. Los miedos asociados a su ingesta
son mucho mayores que los asociados al uso de cualquier otro producto
de la ingenería genética. ¿Por qué? Podemos encontrar varias razones
pero la más importante es que con los alimentos transgénicos el
consumidor siempre tiene la opción de escoger. Podemos decidir
entre consumir tomate transgénico o uno convencional, pero no
sobre inyectarnos insulina transgénica, ya que no existe la alternativa
contraria. A este hecho sumemos que alimentación es algo mas que
la necesidad fisiológica de obtener energía: alimentación es cultura.
En este contexto deben entenderse todos los recelos en torno a
la ingesta de estos productos.
¿Cual es la situación actual? Hay una disputa entre dos polos:
las compañías multinacionales productoras y los grupos de presión
(fundamentalmente organizaciones ecologistas) con sus mensajes
contrarios. Esta controversia unida a la falta de divulgación
científica adecuada confunden al consumidor que se pregunta: ¿son
seguros los alimentos transgénicos?
Desde un punto de vista científico la respuesta es clara: son
al menos tan seguros como aquellos convencionales de los que proceden.
Partamos de la base en que en alimentación, como en cualquier
otra faceta de la vida, es imposible hablar de riesgo cero. Por
eso los riesgos deben definirse por comparación con situaciones
conocidas. Todos los alimentos transgénicos han tenido que pasar
una serie de pruebas de laboratorio encaminadas a demostrar su
inocuidad sanitaria. Como ejemplo baste decir que la compañía
productora del tomate FlavrSavt TM, el primer alimento transgénico
comercializado, tardó cuatro años en realizar todas las pruebas
exigidas por la agencia estatal FDA (Food and Drug Administration)
hasta obtener el permiso de comercialización.
Así ha sido con todos los alimentos que se han comercializado
hasta la fecha, y así seguirá siendo, ya que la legislación americana
y europea lo contempla. Las pruebas requeridas se basan en determinar
la composición nutricional del alimento transgénico y detectar
su posible alergenicidad o toxicidad. Todas estas pruebas no se
exigen al resto de alimentos, aunque así debiera ser. Desde distintos
frentes se ha postulado el riesgo que para el medio ambiente supone
la construcción de estos alimentos, sobre todo la de los vegetales
transgénicos. A menudo se habla de la posible transferencia de
los genes exógenos desde la variedad transgénica a variedades
silvestres. Esta transferencia se produce frecuentemente en la
Naturaleza, en algunas especies convencionales más que en otras.
Por eso podemos afirmar que, por ejemplo en Europa, la transferencia
de genes es imposible si utilizamos maíz transgénico y probable
si utilizamos soja transgénica. Resulta por lo tanto evidente
que el control sobre este tipo de experimentos debe ser riguroso.
Y de hecho así lo es al deberse aplicar las distintas reglamentaciones
que legislan al respecto.
En 1992, el Gobierno estadounidense declaró a través de la FDA
que no necesitaba desarrollar una legislación especial para los
alimentos transgénicos, al considerar que la existente para la
comercialización de variedades obtenidas por métodos genéticos
convencionales cubría todos los aspectos necesarios. Conviene
destacar que con ello el legislador americano decidió evaluar
sólo el producto final en cuanto a su inocuidad sanitaria, obviando
la técnica usada (cruce sexual vs ingenería genética) para su
diseño.
La Comunidad Europea sin embargo decidió desarrollar una legislación
específica para estos productos que considera tanto el alimento
final como las técnicas utilizadas. El pasado mes de Julio se
aprobó el Reglamento para la comercialización de los nuevos alimentos,
que entre otros, incluye los alimentos transgénicos. En esta normativa
se diseña un entramado burocrático por el que cada alimento transgénico
deberá superar antes de su comercialización la aprobación por
parte de un comité de expertos científicos nombrado por la Comisión
Europea, así como el visto bueno de comités de cada uno de los
países mienbros. En Japón o Canada también disponen de legislación
para la comercialización de los alimentos transgénicos bastante
similar, en cuanto a la aprobación por parte de comités, a la
europea.
Una de las cuestiones más consideradas en la reglamentación europea
es la del etiquetado. ¿Deben ser etiquetados los alimentos transgénicos?
Esta cuestión implica una pelea por intereses. Las compañías productoras
son, en general contrarias a dicho etiquetado ya que temen una
bajada en las ventas. Pero el consumidor tiene todo el derecho
a estar informado. Las autoridades americanas han decidido etiquetar
sólo aquellos alimentos transgénicos cuya composición varíe con
respecto al convencional equivalente, o aquellos que contengan
genes de reserva ética (un gen de animal expresado en un vegetal
con el consiguiente problema para los vegetarianos), organismos
modificados geneticamente vivos (un yogurt producido con una bacteria
láctica transgénica), o la aparición en su composición de un producto
con un efecto tóxico probable en una subpoblación (aparición de
fenilalanina y riesgo para la fenilcetonúricos).
La legislación europea es muy similar, pero ha sido objeto de
un amplio debate, de forma que en estos momentos se prevé la modificación
de dicho reglamento en lo concerniente al etiquetado y se prevé
la obligatoriedad del etiquetado para todos los alimentos transgénicos.
Curiosamente algunas compañías han decidido asumir, sin necesitarlo,
el riesgo del etiquetado. Por ejemplo, Zeneca en Inglaterra decidió
etiquetar una sopa obtenida a partir de tomates transgénicos,
a pesar de la decisión del gobierno británico que le eximía del
mismo. Acompañaron esta decisión con una campaña publicitaria
explicando al consumidor la modificación genética introducida
en el tomate transgénico, y el producto se ha vendido sin problemas.
En este mismo país algunas cadenas de supermercados han anunciado
públicamente que etiquetarán todos los alimentos transgénicos
que se vendan en sus estanterías, independientemente de que así
lo determinen los comités pertinentes. En resumen, el etiquetado
es una cuestión de defensa e información del consumidor. La etiqueta
es exigible, pero la etiqueta debe ser informativa. Y para ser
informativa hace falta introducir al consumidor en términos como
biotecnología, ingenería genética y nutrición.
Se han realizado encuestas en varios países como Estados Unidos
y Japón, así como en varios estados miembros de la Comunidad Europea.
En general, los europeos somos los menos proclives a la comercialización
de los alimentos transgénicos, aunque existen distintos criterios.
Los países nórdicos, Austria y Luxemburgo, mantienen las posturas
mas contrarias. Existen una serie de criterios comunes entre todos
los encuestados que se pueden resumir en : a) el consumidor acepta
en mayor grado los alimentos transgénicos de origen vegetal y
fermentado, y en mucha menor medida los de origen animal; b) se
muestran más proclives a aceptar los alimentos transgénicos cuyo
diseño favorece al consumidor, y menos los que favorecen al productor,
y c) hay una exigencia mayoritaria del etiquetado.
Los alimentos transgénicos son una realidad incuestionable. Los
científicos que trabajamos en estos temas no podemos obviar sus
claras repercusiones sociales y debemos hacer frente a nuestra
obligación de informar a la sociedad sobre sus presuntos riesgos
y sus enormes posibilidades.
|