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El Síndrome de Pringle consiste en la presencia
de adenomas sebáceos en el territorio facial asociados con telangiectasias
y nevi pigmentarios en el tronco. Cuando se asocian tumores en
la retina, convulsiones y retraso mental puede formar parte de
la Esclerosis cerebral tuberosa de Bourneville.
El origen de esta patología es de tipo hereditario pudiendo aparecer
ya desde edades tempranas, tiene una incidencia entre 5 y 7/100.000
habitantes, se puede manifestar ya desde los 2 años de edad y
en el 90% de los casos a los 4 años de edad.
Se caracteriza por la aparición de nodulillos (angiofibromas)
del tamaño de una cabeza de alfiler o de una lenteja, de color
rojizo y de topografía eminentemente paranasal. Otras lesiones
dérmicas son en placas de 1 a 10 cm de diámetro en región lumbosacra,
fibromas subungeales, manchas de café con leche, hemangiomas y
zonas de despigmentación.
En las formas graves, sigue un curso evolutivo lento, empeorando
las crisis convulsivas y el retraso intelectual.
Un 30% de los pacientes puede morir antes de los 5 años de edad
y el 75% antes de llegar a la tercera década.
El caso que hoy nos ocupa, se trata de una forma abortiva que
es compatible con una vida normal.
El informe de Anatomía patológica fue el de la presencia de tejido
fibroso perifolicular con acúmulos linfocitarios dispersos compatible
con ANGIOFIBROMA de Síndrome de PRINGLE.
El diagnóstico es fácil si están presentes las tres manifestaciones
clínicas cardinales, es decir, cuadro de deterioro intelectual,
síndrome epiléptico y presencia de tumores retinianos junto a
la presencia de las manifestaciones cutáneas previamente mencionadas.
No existe un tratamiento específico. La medicación anticomicial,
la resección quirúrgica de los tumores, el internamiento en centros
adecuados en casos de oligofrenia pronunciada y la fotocoagulación
de los tumores retinianos constituyen las principales medidas
que se pueden adoptar frente a esta enfermedad.
Desde la vertiente estética del proceso en la modalidad abortiva
de esta patología y atendiendo a las lesiones cutáneas, se practicó
un resurfacing con láser de diodo previa sedación y anestesia
local con potencias que oscilaban desde 40 a 70 joules/cm2,
la evolución fue correcta como muestran las imágenes. Ante todo
quiero hacer notar la importancia del diagnóstico anatomopatógico
del proceso frente a una manifestación cutánea que podría pasar
inadvertida así como la necesidad de una historia clínica adecuada
y finalmente el resultado del tratamiento con láser de diodo.
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