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Cuando se diseñan estrategias de intervención
para controlar el envejecimiento, resulta útil diferenciar
entre envejecimiento biológico y patológico. El
envejecimiento
biológico se puede definir como la pérdida
progresiva de las funciones óptimas de un organismo como
consecuencia de factores intrínsecos. Este envejecimiento
sería el factor principal que determina la Vida Media Máxima
Potencial de las especies (120 años en humanos). El envejecimiento
patológico es el proceso de envejecimiento
que va acompañado o causado por una serie de enfermedades
relacionadas con la edad (ateriosclerosis, cataratas, cáncer,
diabetes, etc). La Vida Media, o más exactamente, las expectativas
de vida al nacer (en España, 82 años para las mujeres
y 75 para los hombres -Tabla 1) vendrían determinada por
este envejecimiento. En principio, cabe afirmar que gran parte
del envejecimiento patológico puede ser reducido por cambios
en los hábitos de las personas (nutrición, ejercicio,
etc.).
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Tabla
1: Esperanza de vida al nacer (1999)
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V
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M
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Diferencia
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| Alemania |
74,7
|
80,7
|
6,0
|
| Austria |
75,1
|
81,0
|
5,9
|
| Bélgica |
74,4
|
80,8
|
6,4
|
| Dinamarca |
74,2
|
79,0
|
4,8
|
| España |
75,5
|
82,4
|
6,9
|
| Finlandia |
73,8
|
81,0
|
7,2
|
| Francia |
74,9
|
82,4
|
7,5
|
| Grecia |
75,5
|
80,6
|
5,1
|
| Holanda |
75,3
|
80,5
|
5,1
|
| Irlanda |
73,9
|
79,1
|
5,2
|
| Italia |
75,6
|
82,3
|
6,7
|
| Luxemburgo |
74,7
|
81,2
|
6,5
|
| Portugal |
72,0
|
79,1
|
7,1
|
| Reino Unido |
75,0
|
79,8
|
4,8
|
| Fuente:
Eurostat |
Esta diferenciación conceptual, que puede resultar artificial,
ayuda a tener claro que cuando se habla de control de envejecimiento,
el primer objetivo sería controlar el envejecimiento patológico,
para intentar llevar las expectativas de vida hasta los 120 años,
mediante la reducción de las enfermedades asociadas al
envejecimiento patológico y extender, así, el periodo
de vida saludable.
Otra consideración a tener en cuenta cuando se plantea
el control del envejecimiento es la importancia de diferenciar
"causa" y "efecto", puesto que el objetivo
de cualquier intervención es actuar sobre los factores
causales. Por ejemplo, resulta obvio que las canas son un efecto
del envejecimiento y no la causa. Sin embargo, esta diferencia
no resulta tan inmediata a nivel molecular (por ejemplo, el acortamiento
de los telómeros).
Teniendo en cuenta las repercusiones sociales, sanitarias y económicas
que tiene el envejecimiento de la población, existe un
gran interés en el estudio y desarrollo de intervenciones
anti-envejecimiento, entre las que hay que destacar la restricción
calórica, los antioxidantes, las hormonas, el ejercicio
físico y la alimentación. Este artículo se
centra en el uso de los antioxidantes.
Una de las teorías de por qué ocurre el envejecimiento
es la Teoría de los Radicales Libres (Harman, 1951), según
la cual las especies reactivas de oxígeno (ERO) desempeñan
un papel causal en este proceso. Considerando esta teoría
como cierta, los antioxidantes tienen, en principio, que tener
efectos "anti-envejecimiento". Al menos, es razonable
pensar que la disminución del estrés oxidativo puede
remediar, al menos, parcialmente, la situación causada
por las ERO (Yu, 1999). Lamentablemente, aunque con los antioxidantes
se han conseguido mejoras en patologías relacionadas con
el estrés oxidativo, ningún efecto se ha conseguido
en términos de aumentar la vida media y la vida media máxima
potencial, ni tampoco ninguna fórmula antioxidante ha permitido
"escapar" del envejecimiento.
Que los antioxidantes, en especial las vitaminas antioxidantes,
son buenos para la salud es algo aceptado de forma general. Esta
idea se fraguó a principios de siglo, al comprobarse que
las vitaminas evitaban síndromes carenciales. En las dos
últimas décadas, el enfoque de uso de las vitaminas
antioxidantes ha cambiado y, no sólo se usan para prevenir
estos síndromes, sino que el interés en su utilización
se ha centrado en el tratamiento y/o prevención de determinadas
enfermedades relacionadas con la edad.
Los estudios del uso terapéutico de los antioxidantes han
estado muy influenciados por los resultados epidemiológicos
que relacionan la ingesta de frutas con la menor incidencia en
enfermedades como el cáncer, cataratas, degeneración
de la mácula, etc. Sin embargo, hasta la fecha hay pocas
evidencias claras de que el uso de los suplementos conteniendo
estos antioxidantes reduzca los riesgos de padecer estas patologías.
Incluso se ha comprobado que determinados antioxidantes de los
denominados clásicos, tienen efectos perjudiciales. Por
ejemplo, se conoce que las personas que toman frutas y vegetales,
con alto contenido en ß-caroteno, tienen una menor probabilidad
de padecer cáncer. Sin embargo, la suplementación
con este compuesto no tiene el efecto anticanceroso, sino más
bien todo lo contrario (Halliwell, 2000). También, se ha
visto que la ingesta de frutas y vegetales disminuyen el daño
oxidativo en el DNA, pero los suplementos con ascorbato, vitamina
E o ß-caroteno no disminuyen este daño en la mayoría
de los estudios. A esto hay que sumarle la observación
de que la ingesta de vitamina C por debajo de las dosis diarias
recomendadas se asocia con un mayor aumento del daño por
oxidación en el DNA y que lo mismo ocurre, paradójicamente,
cuando se usan mega-dosis de esta vitamina.
Además de toda una serie de estudios epidemiológicos
en humanos, en los que se determina si varía la incidencia
de determinadas patologías, se ha estudiado el efecto de
los antioxidantes sobre el grado de estrés oxidativo de
individuos voluntarios sanos. En este caso, lo que se determinó
fue si tras una suplementación con toda una batería
de compuestos protectores (Tabla
2) se producía un descenso en los niveles séricos
de una serie de marcadores que permiten valorar el daño
oxidativo general a que está sometido un individuo. En
contra de lo que cabía esperar, los marcadores de estrés
oxidativo aumentaron en la mayoría de los casos (Figura
1).
Ver Tabla
2: Composición de suplemento usado en individuos voluntarios
sanos
Ver Figura
1: Niveles de malondialdehido (MDA), un marcador de estrés
oxidativo en lípidos, tras una suplementación en
individuos sanos
Son varios los factores que pueden contribuir a toda esta serie
de resultados negativos mencionados referentes al uso de los antioxidantes,
entre los que cabe mencionar los siguientes:
- El efecto biológico de los antioxidantes tiene una
forma de "U" invertida, con lo cual, si un compuesto
resulta beneficioso, administrar más cantidad de ese
compuesto no significa conseguir un beneficio mayor. En este
sentido, hay que resaltar que la mayoría de las fórmulas
disponibles en el mercado están en la línea de
poner cuanto más, mejor. Además, la mayoría
de estos preparados suelen incluir compuestos que, combinados,
pueden generar especies reactivas de oxígeno, como por
ejemplo, mega dosis de vitamina C y hierro (Emerit et al. 2001).
- Algunos antioxidantes clásicos, considerados popularmente
los mejores, tienen un efecto pro-oxidante cuando se administran
a altas dosis (McCall and Frei, 1999). Dos claros ejemplos son,
como ya se ha comentado, la vitamina C y el ß-caroteno.
Este efecto se comprende fácilmente recordando la definición
de antioxidante. Un antioxidante es un agente reductor, es decir,
dona electrones, con lo cual ellos mismos se pueden convertir
en radicales libres, que pueden ser regenerados o iniciar una
reacción en cadena, dependiendo de la reactividad de
radical libre generado. Por ejemplo, la vitamina E, en su actividad
antioxidante pierde un átomo de hidrógeno del
hidroxilo aromático formándose un radical mucho
menos reactivo -radical tocoferoxil- (Figura
2). Si bien en el caso de la vitamina E el radical
formado es poco reactivo, en el caso del ß-caroteno se
ha visto que los radicales formados sí tienen actividad
pro-oxidante (Bast and Haenen, 2002).
Ver Figura
2: Oxidación de la Vitamina E
El flujo de electrones entre radicales libres se puede predecir
según la posición del compuesto en la Tabla
3 (Buettner, 2000), en la que los compuestos más
oxidantes se encuentran en la parte de arriba. Esta tabla sirve
para predecir, por ejemplo, que los radicales peroxilos reaccionarán
con la vitamina E, originando un radical tocoperoxil, como se
ha comentado anteriormente. Este radical puede ser reciclado
por el ascorbato, que está más abajo en la tabla.
Puesto que la vitamina E se localiza en las estructuras lipídicas,
ésta reacción mueve el radical desde la región
lipídica a la parte acuosa, donde determinadas enzimas
pueden eliminar el radical ascorbato. Como puede verse, éste
reciclado de antioxidantes requiere una razón óptima
de vitamina C y E para proporcionar protección antioxidante
al organismo. Este balance, entre otros, puede, por tanto, ser
fundamental para evitar altos niveles de estrés oxidativo.
- Algunas ERO ejercen un efecto fisiológico importante.
Activan rutas bioquímicas que le permiten a la célula
reparar el daño, si este es pequeño, o sufrir
el proceso de apoptosis, si el daño es irreparable. Esto
significa que en algunos procesos biológicos (plegamiento
de las proteínas, activación de algunos factores
de transcripción, etc.) son necesarias las especies reactivas
de oxígeno (Finkel and Holbrook, 2000).
- El momento en que se administra el antioxidante es, también,
importante. Esto significa que los antioxidantes pueden proteger
del daño oxidativo reaccionando con las ERO (Figura
3), pero también pueden acelerar el daño
oxidativo si reducen metales como el hierro (en este estado
es cuando los metales mejor contribuyen al daño oxidativo).
Por otro lado, los antioxidantes pueden inhibir la apoptosis
inducida por el estrés oxidativo y la célula dañada
puede convertirse en cancerosa. Según esto, hay que considerar
que si los antioxidantes se administran antes de que se produzca
el daño pueden resultar beneficiosos, pero si se administran
después pueden agravan el daño por su efecto sobre
los metales de transición.
- Otras consideraciones a tener en cuenta cuando se estudia
el efecto protector de un antioxidante son su absorción
intestinal, el mantenimiento de sus niveles plasmáticos,
su transporte a través de la membrana y su interferencia
en el balance redox de la célula. También, hay
que evitar la extrapolación inmediata a los humanos de
los resultados obtenidos en animales de laboratorio. Y, por
supuesto, se necesitan estudios más profundos sobre los
aspectos moleculares de la toxicidad de los suplementos. (Bast
and Haenen, 2002)
Teniendo en cuenta todo lo explicado, cabe preguntarse qué
dirección tomar para seguir estudiando el efecto de los
antioxidantes sobre el envejecimiento y enfermedades relacionadas.
En nuestro laboratorio, básicamente, lo que hacemos es
estudiar los antioxidantes uno a uno, con la hipótesis
de partida de que cada antioxidante protege unas rutas metabólicas
y no otras. Es decir, de igual forma que las ERO no actúan
de forma general e indiscriminada, cada antioxidante actuaría
de forma específica, protegiendo la pérdida de algunas
funciones fisiológicas. Para ello, usamos análisis
proteómicos de células en cultivo o tejidos de animales
sometidos experimentalmente a estrés oxidativo. Estos análisis
consisten en separar todas las proteínas de un tejido sobre
una membrana, que puede ser de nitrocelulosa. De esta forma, podemos
ver todas las proteínas que se expresan en un tejido (cada
mancha representa una proteína). Observamos que, cuando
un tejido homogeneizado o un cultivo de células es sometido
a un tratamiento con oxidantes, desaparecen una gran cantidad
de proteínas, lo cual sucede, probablemente, por acción
directa de las ERO. Si previamente, el tejido o el cultivo de
células es pre-tratado con un antioxidante, algunas proteínas
dejan de desaparecer. Posteriormente, estas proteínas pueden
identificarse para determinar en qué ruta metabólica
participan. Con esta aproximación experimental, se puede
conocer qué porcentaje de rutas metabólicas alteradas
por las oxidaciones (y/o el envejecimiento) puede recuperarse
y, en segundo lugar, establecer con qué fórmula
antioxidante se puede evitar la pérdida del 100 % de las
mismas, porque puede suceder que con los antioxidantes descubiertos
hasta la fecha no se consiga una protección total, lo cual
deja la puerta abierta a futuras investigaciones sobre nuevas
moléculas protectoras.
Bibliografía
- Bast, A. and Haenen, GR (2002) The toxicity of antioxidants
and their metabolites. Env. Toxicol. Pharmacol. 11, 251-258.
- Buettner, GR and Schafer, F (2000) Free radicals, oxidants,
and antioxidants. Teratol. 62, 234.
- Emerit, J et al. (2001) Iron metabolism, free radicals and
oxidative injury. Biomed. Pharmacother. 55, 333-9.
- Finkel, T. and Holbrook, NJ (2000). Oxidants, oxidative stress
and the biology of ageing. Nature, 408, 239-247.
- Halliwell, B (2000) The antioxidant paradox. The Lancet, 355,
1179-1180.
- Harman, D. (1956) Aging: a theory based on free radical radiation
chemistry. J. Gerontol. 11, 298-300.
- McCall, MR and Frei, B (1999) Can antioxidants vitamins materially
reduce oxidative damage in humans?. Free Radic. Biol. Med. 26,
1034-1053.
- Yu, BP (1999) Approaches to anti-aging intervention: the promises
and the uncertainties. Mech. Ageing Dev. 111, 73-87.
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