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A
lo largo de la historia de las distintas civilizaciones y culturas,
desde que el hombre tiene consciencia de su mortalidad, el mito
de la eterna juventud ha sido una constante. La literatura universal
está plagada de referencias: los faraones egipcios a los
que se atribuía el don de la inmortalidad; el mito griego
de Tithonus, quien pide a los dioses vivir eternamente; o el mismo
Oscar Wilde a finales del XIX, que a través de su novela
"El retrato de Dorian Gray" nos presenta a un protagonista
que vende su alma al diablo a cambio de la eterna juventud.
El desafío no es nuevo. Sin embargo en las últimas
décadas sí asistimos a un nuevo planteamiento que
pretende establecer un lógico distanciamiento entre el
mito y la realidad, entre lo fantástico y lo posible. Se
trata del momento en que la ciencia comienza a interesarse por
el envejecimiento; es a partir de los 70 cuando se dispara el
número de publicaciones científicas que abordan
el proceso del envejecimiento y en los últimos quince años
cuando los conocimientos comienzan a trasladarse a la práctica
médica. De esta forma nació la Medicina de la Longevidad
o Medicina Antienvejecimiento. Mientras la Medicina y Cirugía
Estética inciden en la reparación de los defectos
exteriores del paso de los años, la Medicina Antienvejecimiento
se ocupa de subsanar los defectos metabólicos y funcionales
internos responsables del mismo.
Numerosos estudios aseguran que en un futuro próximo podremos
encontrar longevos de 110 ó 115 años. La población
de más de 65 años crece a un ritmo de 2'5 por ciento
anual en los países desarrollados. Sin embargo, produce
vértigo pensar que la esperanza de vida se prolongue si
no nos planteamos en qué condiciones, pues más importante
que el crecimiento en las expectativas de vida es la calidad con
que esos años se vivan, es decir, el grado de bienestar
físico y psíquico que atesoremos. Y es ahí
donde cobra protagonismo la Medicina Antienvejecimiento, una disciplina
que se ocupa del proceso que lleva al organismo desde la madurez
a la senectud para retrasar en lo posible los efectos del envejecimiento
y minimizar sus consecuencias.
Surgen entonces algunas preguntas: ¿cómo es posible
retrasar el envejecimiento?, ¿Qué determina que
unas personas sean más longevas que otras? La degeneración
en las células, que comienza en la madurez, viene determinada
por factores genéticos y ambientales. Sobre los genéticos,
descritos en el ADN de cada persona, hoy por hoy no es posible
actuar, pero sobre estos factores genéticos inciden otros:
los ambientales o adquiridos, sobre los que sí pueden adoptarse
determinadas pautas para atenuar o ralentizar el envejecimiento.
Para conocer el grado de envejecimiento de cada persona, y de
qué forma se puede incidir en él, es necesario determinar
la composición corporal y estado nutricional, así
como el estado funcional de los distintos aparatos y sistemas;
valorar sus funciones cognitivas y capacidades intelectuales,
y la evaluación de una serie de parámetros bioquímicos
que indican el nivel de oxidación del medio interno. Conociendo
esas características se puede poner en marcha un plan de
actuación para corregir las deficiencias observadas.
El grado de concienciación sobre nuestro aspecto exterior
y la imagen positiva que queremos mostrar parece en la actualidad
algo interiorizado socialmente. Las posibilidades de mejora estética
y funcional que aportan la Implantología y la Medicina
y Cirugía Estética son sobradamente conocidas y
demandadas. Sin embargo es necesario dar un paso más. Es
el momento de que tanto los científicos y profesionales
que nos dedicamos a la Medicina Antienvejecimiento sepamos difundir
(y los medios de comunicación transmitir alejados de cualquier
banalización) los beneficios de la misma en su dimensión
socio-económica y personal. No se trata de añadir
años a la vida, sino de proporcionar calidad de vida a
esos años, como equilibrio físico, psíquico
e intelectual, que nos permita una permanencia activa y participativa
en la sociedad lo más prolongada posible.
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