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Un nuevo estudio muestra la obesidad como
protección frente al síndrome metabólico
en vez de como causa. La investigación, publicada en el
último número de la revista "Trends and Endocrinology
and Metabolism", revela que, de no cambiar los hábitos
alimenticios de la ciudadanía, existe la posibilidad de
una epidemia imparable de síndrome metabólico.
Los síntomas que definen el síndrome
metabólico, como la resistencia a la insulina, el colesterol
alto, el hígado graso y el mayor riesgo de diabetes, de
enfermedades coronarias y de infarto, están relacionados
con la obesidad, pero no como se pensaba. Un equipo liderado por
investigadores de la Universidad Southwestern de Texas (EE.UU.)
apunta ahora el papel protector que desempeña la obesidad
frente a este trastorno.
La obesidad es el modo que tiene el cuerpo
de almacenar lípidos en el lugar que debe, en el tejido
adiposo, para proteger así a los órganos de los
efectos tóxicos que ejercen los propios lípidos,
afirma Roger Unger, autor principal de este estudio.
Cuando la ingesta de calorías es desmesurada y sobrepasa
el límite manejable por los tejidos grasos del cuerpo,
los lípidos se extienden a otras zonas normalmente vedadas
para ellos y desencadenan la cascada de síntomas que conocemos
como síndrome metabólico.
La investigación, publicada en el último número
de la revista "Trends and Endocrinology and Metabolism",
muestra, a partir de experimentos de manipulación genética
realizados en ratones, que la adipogénesis, la generación
de células grasas, retrasa otras consecuencias metabólicas
del exceso de alimentación.
Según Unger, lo contrario también es verdad. Algunos
ratones resistentes a desarrollar obesidad han desarrollado en
su lugar cuadros de diabetes severa por comer demasiado, como
resultado de la acumulación de lípidos en tejidos
distintos de los grasos.
Hay cierto desacuerdo sobre la posibilidad de que la resistencia
a la insulina sea una causa generadora del síndrome metabólico
o sólo uno de sus síntomas característicos.
Pero el investigador de la Universidad Southwestern de Texas lo
tiene claro. La resistencia a la insulina es un subproducto
pasivo del proceso de acumulación de grasa que comienza
cuando empiezan a fallar los depósitos de las células
grasas.
Las células que ya han acumulado demasiada grasa empiecen
a expulsar glucosa y a incrementar los niveles de ésta
en sangre y orina. Cuando llega a las células, la glucosa
inicia un proceso de transformación en sustrato favorecedor
de la producción de grasa. El cuerpo hace lo que
deberíamos hacer nosotros, mantener a raya el exceso de
calorías, y esto podría tener un efecto protector,
subraya Unger.
A más edad, menos calorías
En el punto intermedio del proceso de transición de obesidad
protectora a síndrome metabólico se encuentra la
resistencia a la leptina, una hormona que producen las células
grasas, muy conocida por su función supresora del apetito
y por ser la responsable de dividir la grasa del cuerpo.
El aumento de leptina que acompaña al aumento de acumulación
de grasa es, por tanto, una respuesta de adaptación, que
sólo puede continuar hasta el punto en que se manifiesta
la resistencia. Hay individuos que están mejor dotados
para soportar el almacenamiento de lípidos en grasa y que
pueden vivir tranquilamente con el sobrepeso, incluso con la obesidad,
sin desarrollar los otros síntomas.
Pero al final, la necesidad de recortar calorías es algo
a lo que nos debemos enfrentar todos tarde o temprano. A
la luz de las pruebas analizadas, cabe concluir que las formas
prevalentes de síndrome metabólico y diabetes mellitus
tipo 2 tienen su origen en excedentes calóricos no remitentes
sumados a la incapacidad de los adipocitos para mantener su protección
contra la lipotoxicidad.
Epidemia imparable
Los autores han aplicado sus hallazgos a la sociedad estadounidense.
Desde la década de 1950, en EE.UU. se consume una cantidad
desproporcionada de alimentos hipercalóricos (muy ricos
en hidratos de carbono y grasas) y se practica poco ejercicio.
Mientras eso no cambie, Unger no ve atisbos de solución
a la imparable epidemia del síndrome metabólico.
No obstante, los expertos explican que esto no significa que el
metabolismo de los estadounidenses esté "averiado",
sino que simplemente las vías que sigue la grasa para acumular
depósitos de energía listos para utilizar en momentos
de necesidad están completamente saturadas.
Estamos poniendo nuestra capacidad homeostática al
límite, sostiene Unger, que fue quien acuñó
el término lipotoxicidad en 1994. Los
cuadros de sobrenutrición solían ser casos aislados,
reservados a la aristocracia. Hoy ocurre todo lo contrario. Las
calorías insanas son tan baratas que todo el mundo puede
permitirse el lujo de ganar mucho peso.
Si imaginamos la población estadounidense como un conjunto
de voluntarios para determinar si el efecto remitente de la sobreacumulación
calórica sostenida en los roedores también puede
darse en los seres humanos, los resultados saltan a la vista:
después de 50 años de exposición a una dieta
hipercalórica barata rica en grasas y en hidratos de carbono,
200 millones de sujetos sufren sobrepeso y más de 50 millones
padecen síndrome metabólico.
Por desgracia, se trata de una cuestión con profundas
implicaciones socioeconómicas: ¿es posible gravar
el excedente de calorías y garantizar al mismo tiempo el
acceso adecuado a alimentos de alta calidad para los más
desfavorecidos?, concluye Unger.
Referencia bibliográfica:
Scherer et al.: "Gluttony, sloth and the metabolic syndrome:
a roadmap to lipotoxicity". Trends and Endocrinology and
Metabolism, 9 de marzo de 2010.
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